Los ‘indignados’ brasileños despiertan en plena Copa Confederaciones

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ALMUDENA ORTEGA – Leer en 20 minutos

  • Brasil vive una semana de protestas por el precio del transporte público.
  • Amnistía Internacional condena la dura represión de las marchas.
  • Hasta el domingo, medios locales contabilizan 260 detenidos y 130 heridos.
  • Los ‘indignados’ protestan además por la corrupción, la desigualdad social, los precarios servicios públicos o el “despilfarro” que supone la Copa.
  • Arrecian las protestas en Brasil antes del comienzo de la Copa Confederaciones.

Durante poco más de una semana, Brasil se ha visto sorprendido por una ola de protestas por el precio de los transportes en las principales ciudades del país, que han transcurrido con gran violencia y han escandalizado a la opinión pública.  Agravadas por la represión policial, las manifestaciones se han multiplicado, al igual que sus motivos, y ahora claman contra la corrupción, la desigualdad, los precarios servicios públicos y el “despilfarro” de la propia Copa Confederaciones.

Especial conmoción causó la actuación policial del jueves en Sao Paulo, que tanto el alcalde como la prensa conservadora han calificado de “violenta” y “desproporcionada”, que Amnistía Internacional ha condenado y que, junto a las de  Brasília, Belo Horizonte y Río de Janeiro, el fin de semana,  deja al menos 260 detenidos y cerca de 130 heridos, según medios brasileños.

En Brasil, el gigante latinoamericano que ha impresionado al mundo exhibiendo cifras de crecimiento y reducción de la pobreza aparentemente envidiables, miles de personas se han lanzado a la calle en un momento delicado para la imagen internacional del país, que acaba de estrenarse como anfitrión de la Copa Confederaciones, ensayo del Mundial de la FIFA en 2014 y las Olimpiadas de 2016.

Tras la dura represión policial del jueves, el mundo ha visto imágenes que más recordaban a la plaza Taksim de Turquía que a la imagen amable de un país considerado como el más democrático de los BRICS.

Como en Turquía, los manifestantes han sido llamados de “vándalos” y “maleantes”, mientras que las protestas se extendían no sólo hacia otras ciudades brasileñas, sino a al menos 28 ciudades de Europa y América: marchas han sido convocadas en ciudades como Berlin, Dublín o Madrid.

El 55% de los paulistas apoya a los manifestantes, aunque cree  que fueron más violentos de lo que deberían

La manifestación de Río ha revivido los episodios del jueves en São Paulo: tras tres marchas en las que parte de los manifestantes realizaron numerosos destrozos en el patrimonio público, el gobernador prometió mano dura y la ‘tropa de choque’ (antidisturbios) atacó y detuvo periodistas, acorraló viandantes, disparó gases lacrimógenos, pelotas de goma y “bombas de efecto moral”.

Una periodista de la Folha de Sao Paulo, alcanzada por una pelota de goma, estuvo a punto de perder la visión en un ojo, y otro, de la revista Carta Capital, fue detenido por posesión de vinagre (utilizado para minimizar los efectos de los gases lacrimógenos); jocosamente, los internautas han aprovechado para bautizar las protestas como ‘la revuelta de la ensalada’. Según una encuesta de Datafolha, el 55% de la población de SaoPaulo apoya las manifestaciones (frente a un 44% que es contrario), aunque un 78% considera que los manifestantes fueron más violentos de lo que deberían.

El movimiento ‘indignado’

El aumento de los precios del transporte ha despertado de su letargo a un movimiento de ‘indignados’ que venía formándose en los últimos años.  Inspirados por el 15M, ‘Occupy Wall St’ o la primavera árabe, se habían levantado en varias ocasiones aunque nunca consiguieron convocar protestas tan multitudinarias y con tanta repercusión como las de estos últimos días: pero los indignados protestan por “mucho más que 20 centavos”, sino que las insatisfacciones incluyen la corrupción, la desigualdad social, los precarios servicios públicos, la brutalidad policial, la falta de diálogo del Gobierno y la propia Copa, que a su juicio trae consigo despilfarro, especulación y desalojos forzosos.

“La gente está hoy en las calles diciendo algo muy parecido a lo que la población de Estambul clama en la plaza Taksim: están hablando del derecho a la ciudad, del derecho a manifestarse sobre las decisiones relacionadas al lugar en el que viven”, dice Raquel Rolnik, urbanista y Relatora Especial de las Naciones Unidas para el derecho a una vivienda adecuada.

Aun así, es pronto para saber si el movimiento se consolidará y si se llevarán a cabo acciones más productivas que la simple protesta, como las acampadas y asambleas de Madrid, Nueva York, Londres o Estambul.

Los manifestantes no piden, como en Túnez, la caída de un régimen dictatorial, aunque sí exigen una democracia de mayor calidad, más participativa, menos corrupta y con menor represión por parte de las fuerzas del orden: en este sentido, el Gobernador de Rio de Janeiro admitía la semana pasada estar luchando contra los “asesinatos arbitrarios” en ocasiones cometidos por la Policía Militar.

Hay otras similitudes con los otros movimientos de indignados, como son la organización apartidaria que se ha valido de las redes sociales para divulgarse y las reclamaciones de una democracia más participativa y con mayores niveles de bienestar social.

En los meses anteriores a estas marchas, el movimiento Passe Livre, que entre otras cosas exige la gratuidad del transporte y hoy convoca las manifestaciones, marchaba junto a otros ‘indignados’ que reivindicaban el derecho a la vivienda, libertad de expresión y cuestiones ambientales.

Estas últimas alcanzaron relativa notoriedad, al reaccionar contra acciones del Gobierno de Dilma Roussef, que aprobó un polémico código forestal que suponía un “retroceso” en la preservación de la Amazonía o la construcción de la hidroeléctrica de Belo Monte, criticada internacionalmente. Todas estas protestas se restringían a un grupo relativamente pequeño de activistas o intelectuales, en muchos casos de clase media, que no lograban reunir a las masas.

A excepción del Movimiento de los Sin Tierra (MST), que lleva años luchando en el campo y es considerado uno de los mayores movimientos sociales del mundo, la sociedad brasileña parecía haber desistido de protestar masivamente en los últimos años, así que lo multitudinario de estas recientes protestas supone un cambio.

Movilidad urbana e inclusión social

Ha sido la cuestión de la movilidad urbana la que ha hecho más ruido y ha acabado atrayendo la atención de la comunidad internacional. Desde el recientemente anunciado aumento de los precios de los billetes de metro y autobús, las protestas no han cesado.

En un país con un salario mínimo de 678 unos 238 euros, el transporte puede llegar a suponer un coste de cerca de 100 euros al mes

El movimiento Passe Livre “hace años que viene luchando, no apenas en São Paulo, sino en varias capitales brasileñas; no apenas contra los aumentos del valor de los billetes, sino por el derecho a la movilidad como elemento esencial del derecho a la ciudad”, considera la Relatora de la ONU. El problema de la movilidad, herramienta de inclusión social, cobra tal dimensión en Brasil que merece una reflexión aparte.

En un país con un salario mínimo de 678 reales, unos 235 euros, el transporte puede llegar a suponer un coste de cerca de 100 euros al mes. Ello restringe el ‘derecho a ir y venir’ de muchas personas,  con consecuencias en su vida personal, social y laboral, defienden los defensores de las protestas.

La situación llega a ser extrema: muchas personas de bajos recursos viven en la calle para ahorrarse el gasto en transporte, aunque tienen casa: “A veces duermen en la calle para quedarse cerca del trabajo y solo vuelven a casa durante el fin de semana” dice Maria da Piedade Morais, la coordinadora de Estudios Sectoriales Urbanos del instituto de investigación brasileño IPEA.

Pero incluso sin llegar a esos extremos, lo cierto es que  la amplia mayoría de la población de ciudades como Sao Paulo sufre con los precios de una red de transporte insuficiente y saturada, en la que llegan a perder de dos a tres horas por trayecto, debido a las malas conexiones y al tráfico de la ciudad, considerado uno de los peores del mundo. Por ello, esta vez, la causa ha calado de los universitarios a las capas más desfavorecidas de la sociedad, tomando un impulso no visto hasta ahora.

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