Bogotá, el cambio posible


A principios de la década de los 90, Bogotá era citada como una de las peores ciudades del mundo. Diez años después la ciudad se transformó de tal manera que nos demostró que las megaurbes también pueden ser humanas.

Ver también: Transmilenio Vs Transantiago: lecciones desde Bogotá

El documental Cities on Speed, de Andreas M. Dalsgaard, producido por el Danish film Institute, The Sundance Channel y NHK, muestra cuatro megaurbes a punto del colapso. Cuatro ciudades sirven de ejemplo: El Cairo –Garbage– la no-gestión de los resíduos, Mumbai –Disconnected– el problema del transporte público, Shanghay –Space– la falta de espacio urbano y Bogotá Change, la única de las cuatro ciudades que muestra que un cambio positivo es posible.

El documental narra cómo las políticas de dos alcaldes, Antanas Mockus y Enrique Peñalosa, cambiaron la cara de una de las urbes más inhóspitas del mundo. Con una perspectiva basada en la moral -el primero- y en la igualdad de oportunidades vía infraestructura urbana -el segundo-, consiguieron que en menos de una década las muertes por violencia y accidentes de tráfico disminuyeran un 50%, 1.600.000 personas usaran diariamente el nuevo sistema de transporte, 400.000 pasaran a usar la bicicleta y que la ciudad llegase a contar con 110 nuevos parques y 15 bibliotecas públicas.

Mockus y la “ciudad coqueta”

No conozco de primera mano la trayectoria anterior o posterior de ninguno de los dos políticos, así que me remitiré a los siguientes datos: Mockus nada tenía que ver con la política, era un filósofo y matemático rector en la Universidad Nacional de Bogotá, que tras ser destituído por sus escandalosos métodos –enseñó el culo a una platea llena de estudiantes que lo abucheaban- decidió presentarse a la alcaldía de la ciudad, pasando a ser el primer candidato independiente a presentarse.

El candidato tenía claro que quería cambiar la mentalidad de los bogotanos y para ello no dudó en disfrazarse de un superhéroe que colocaba la basura en los contenedores, crear un ejército de mimos que dejaban en vergüenza a los conductores que cometían infracciones -librándose además de buena parte de los policías corruptos que se encargaban del tráfico– y desarrollar talleres poco convencionales de prevención de la violencia*.

Además sus partidarios aseguran que al no deber favores políticos su equipo se basaba en la competencia: los mejores cerebros del país pasaron a integrar los ministerios y se emprendió una intensa lucha contra  corrupción endémica y el nepotismo. Por último, su gran afán fue convertir a Bogotá en una “ciudad coqueta” recordando que una ciudad bonita y cuidada mejoraría la vida -también económicamente- de sus habitantes.

Peñalosa y la “ciudad igualitaria”

Enrique Peñalosa sucedió -y antecedió a mockus en su segundo mandato- con la bandera de la “ciudad igualitaria”, asegurado que son las diferencias sociales lo que crean el descontento y que es el transporte público la manera más eficiente de minimizarlas.

Inspirado en el sistema de transportes de Curitiba, Brasil, Peñalosa dotó a Bogotá, la ciudad sin metro, de un sistema de autobuses muy similar al metro, el Transmilenio. Este sistema recibió innumerables críticas, sobre todo por el caos que causaron las obras, atrasadas, durante años, hasta el punto de que a la mitad de su mandato su popularidad se hundió: al final remontó espectacularmente. Hay que recordar que el Transmilenio bogotano inspiró el chileno, el Transantiago, que desató críticas y la ira de las entonces empresas de transporte -patético- y cuya implementación no fue tan afortunada.

Pero para mí su victoria más emblemática fue la de la ‘batalla’ contra los más adinerados: por un lado, expropió un exclusivo club social en un área privilegiada para convertirlo en parque público, y por otro consiguió que reducir el espacio en las calles reservado para los coches -símbolo claro de estatus-.

Peñalosa consiguió lo impensable, que los coches dejasen de estacionar legalmente en las aceras, algo que ocurrió durante décadas y sigue siendo común en ciudades como Sao Paulo. Tener “carros estacionados en las aceras es un símbolo de falta de democracia”, decía.

Respecto a la bicicleta, Peñalosa explica que su equipo apostó por “cambiar el estatus”, el hecho de que la bici no se viera más como “cosa de pobre”. Este cambio, a su juicio, influyó tanto como la construcción de ciclovías.

“Antes de esa guerra yo tenía el pelo negro”, bromea el canoso exalcalde.

 

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