Las cárceles secretas de Europa

Cuando cuento en España que mi visado brasileño se retrasa porque nos aplican la ley de reciprocidad algunos creen que los “sudacas” exageran. Cuando les hablo de cómo llegan a los aeropuertos y les devuelven, después de horas o días a su país sin dejarles entrar, no se lo creen.  Y cuando les hablo de los CIES, Centros de Internamiento de Extranjeros, creo que simplemente les da igual. 

Vivo lejos de mi país, a unos 10.000 kilómetros, y llevo batallando contra la burrocracia durante unos dos años. A veces me desespero, pero la verdad es que tengo suerte. Podría ser peor.

Podría ir por la calle viniendo del súper y encontrarme un furgón de policía que me identificara -visualmente- como extranjera. Ahí, más vale que tengas todos los papelitos en regla y en el bolso, porque si no pueden meterte en la furgona, cerrar con llave y llevarte con ellos.

Eso lo he  visto en Madrid, he visto redadas “cazando” personas, que iban por la calle con sus bolsas de la compra, encerradas con llave. Y el agente de la ley, con desgana y sin mirarme me lo confirmó: iban camino del CIE.

Los CIES son la “sala de espera” donde los ciudadanos de otros países son retenidos hasta su eventual deportación. Es difícil garantizar que vas a poder expulsar a una persona si ésta es avisada de ello y tiene que esperar a que transcurra el proceso legal que lo determine. Así que mucho mejor es cogerla por la calle y encerrarla. Así no se te escapa.

El problema es que la privación de libertad por parte del Estado se llama detención.  Dependiendo de su duración ahí habremos de llamarlo prisión, cárcel. Y para ir a la cárcel hay que pasar primero por un juez, y ah!, se me olvidaba… hay que haber cometido un delito.

El carecer de documentos no es un delito. Es una falta administrativa, y como tal, le corresponde una multa. No prisión. Lo que se ha creado para estos casos es la figura de la “detención cautelar” , y lo peor es que se ha hecho con extrema “confidencialidad”.

Según las asociaciones de defensa de los derechos humanos, los CIES son peores que las prisiones en cuanto a su infraestructura. “No hay nada que hacer en un CIE, sólo hay celdas, un patio y un comedor“. No hay más servicios, lo que seguramente debe de estar relacionado con el hecho de que son gestionados exclusivamente por los policías. Es por ello que las asociaciones defienden que se contraten también trabajadores “civiles” y subcontratas, como en el caso de las prisiones.

“Te dan un número, allí no te llaman por tu nombre”

Rachid, un joven marroquí de 24 años (*) me relató su experiencia en el Centro de Internamiento de Extranjeros de Aluche. Él pasó allí 55 días hasta que lo soltaron, pues no pudieron definir a qué país enviarlo.

“Cuando entras el CIE te dan una hoja amarilla con un número, es tu identificación, allí no te llaman por tu nombre.

En la celda estábamos 12 personas, los cristales de las ventana estaban rotos y hacía mucho frío, con la lluvia entrando;  a veces comprábamos mantas a cambio de cigarros o dinero.

No se puede fumar. Los mecheros están prohibidos y  también un lápiz o el móvil. A veces no dejan entrar comida de fuera, hay que comer la mierda de comida que hay.

Tienes derecho sólo a un llamada gratuita, y sólo en España. Además cuando pides un abogado de oficio no viene y te responden: “¿tú te crees que vamos a llamar a 300 abogados para esta gente?“.

“Lo peor es que te tratan como a un criminal peligroso”

Lo mejor, el médico: el primer día te pregunta ¿tienes alguna enfermedad? si tú dices no, “todo bien pasa” y así con todos. El médico del CIE daba siempre la misma medicina a todos y cuando le dices algo te responde “tu no estás enfermo, estás deprimido”.
En mi caso, tras 25 días en el CIE fui llevado al hospital. No es fácil que te saquen, yo tuve que pasar 10 días en el “hospital” de la cárcel hasta que llegó la orden del director para llevarme.

El baño sólo tenía agua fría y para entrar en los servicios había que entrar con una pinza en la nariz… pero lo peor es que te tratan como a un criminal peligroso, no se puede mirar la cara de la policía.

Fue horrible, la peor experiencia de mi vida”.

Aislados de todo

Me pregunto por qué, si no se trata de criminales peligrosos, deben estar aislados del mundo y con las numerosas restricciones que les imponen: sin teléfono, sin nombre y sin contacto físico con las visitas. Estas sólo pueden recibirse a través de un cristal, lo que llama la atención pues en las cárceles los presos tienen el derecho de mantener encuentros íntimos con sus parejas.

Confío en que la próxima vez que la delegada del Gobierno visite un centro, sus declaraciones se basen en experiencias más de cerca: que pruebe la comida, que sienta la temperatura del agua de los baños, que le muestren los exámenes médicos de cada interno. Que experimente lo que es estar presa, sin abogado, y sin saber cuándo va a salir ni cómo anda su proceso.
Y, después, que explique cómo es jurídicamente posible esta situación de limbo de los derechos de esas personas.

(*) Nota 1: al joven que habló conmigo le he cambiado el nombre y la nacionalidad.

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One thought on “Las cárceles secretas de Europa

  1. Si me lo permites, completo tu historia: el joven del que hablas pasó 10 días esperando a que lo llevaran al hospital, finalmente lo trasladaron a un hospital público en el que hay un ala para presidiarios (yo ignoraba que en los hospitales públicos había módulos para presidiarios, será que soy muy inocente, o lo era), y le llevaban esposado y escoltado por cuatro policías. Como un criminal. Le hicieron mear en un bote, y ni para eso le quitaron las esposas, ni le dejaron a solas. Pasó dos semanas ingresado, con grave infección de orina y edema por todo el cuerpo, y solo bajo prescripción médica se le permitió tener consigo, a su vuelta en el cíe, una botella de agua mineral.
    Dentro de todo, tuvo suerte. Hace un mes murieron dos personas en dos cíes (en el de barcelona y el de madrid) por falta de atención médica.
    De vuelta en el cíe, puesto que nadie notificó a sus compañeros donde estaba, ellos pensaron que lo habían soltado y se robaron y repartieron todas sus pertenencias. Se quedó sin ropa, más que el pijama que llevaba en el hospital de la cárcel. Sus compañeros se sorprendieron al encontrarle de vuelta y entre todos le fueron prestando algunas cosas, para ir tirando: unos cuantos vaqueros, algunas camisetas, una mochila, unas chanclas. Con esas chanclas caminó durante algunos días a su salida del cíe, en un frío mes de febrero.
    A día de hoy, todavía se lo llevan retenido al menos una vez cada mes y medio los policías nacionales en sus cacerías de inmigrantes. Pero aquí sigue, y está bien que así sea. Nadie debería prohibir o permitir que las personas migren libremente. El derecho a la movilidad geográfica debería ser respetado como un derecho humano inviolable, del mismo modo que no se regula y prohibe el vuelo migratorio de las golondrinas. El ser humano es cruel y estúpido con demasiada frecuencia…
    Solo me queda una cosa por decir: éste es el hombre más bondadoso y valiente que he tenido la fortuna de conocer. Sé que antes o después las cosas irán bien para él. Realmente, a pesar de todo, van bien, y de una cosa estoy segura: no es una víctima, es un héroe.

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